Un continuador de la tradición familiar

PUESTO DE COMIDA CALLEJERA

Un continuador de la tradición familiar

Leandro Domínguez trabaja de lunes a lunes en el puesto de comida que lleva el nombre de su abuela. A 2 meses del pico de la gripe A, cómo es la vida de un hombre que trabaja en uno de los lugares más controvertidos respecto a la higiene.

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Leandro Domínguez controlando la parrilla. Fuente: Victoria Klepetar

Los 30 grados de sensación térmica del sábado parecen darle lo mismo a Leandro. Vestido con un delantal negro y rodeado de las paredes de metal, se seca el sudor de la frente y sonríe mientras da vuelta los patys.

Con sus 40 años cumplidos en julio, el hombre que vive en Chacabuco cuenta que en su infancia pasó por varios colegios porque “tenía muy mala conducta, no sabían que hacer conmigo”. Cuando finalmente se recibió, Sergio, su padre, tuvo una enfermedad pulmonar que lo tuvo por varios meses en cama. Leandro tuvo que ocupar el rol de padre y salir a trabajar para mantener a su madre Marta y a sus 4 hermanos.

Hace 6 años que está casado con Natalia, una empleada pública. Orgulloso, dice que sin ella su vida no sería la misma. Pero sin dudas su mayor satisfacción es su nena de 2 años, Jimena. Confiesa que a veces llega tarde a trabajar porque se queda jugando con su “reina”.

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Patys y chorizos en la parrilla de "La abuela Lidia". Fuente: Victoria Klepetar

Durante un período de tiempo, Leandro trabajó en una panadería en su barrio. Reconoce que “fueron años muy lindos” y que allí conoció a varios de sus actuales amigos. De repente señala en su mano una cicatriz y explica que, debido a la torpeza que lo caracteriza, se quemó con el horno uno de los primeros días de empezar a trabajar allí.

Hace más de 10 años que se lo ve todos los días debajo del cartel de “La Abuela Lidia” en la Avenida Costanera, enfrente a Aeroparque. El puesto pertenece a su abuela, que todavía sigue yendo varias veces a la semana a controlar que todo esté en orden. Sigue una tradición familiar: la mayoría de los hombres de la familia trabajaron allí en algún momento. Además, compite con alrededor de 15 otros puestos, por eso cuenta que es muy importante el trato con los clientes porque “hay que lograr que vuelvan”.

Detrás del humo, atiende a uno de ellos y ambos bromean. “Vengo dos o tres veces por semana al mediodía”, comenta Pedro, un cliente fiel. “Hace 2 años que es mi parada obligatoria en el almuerzo”. Los precios van desde los 5 pesos el paty hasta los 8 la bondiola. Leandro gana entre 90 y 130 pesos diarios.

Se mueve de lado a lado del carrito, siempre con un ojo atento a la parrilla. “Es muy inquieto”, apunta Javier, uno de sus empleados. Habla mientras acomoda los pomos de los condimentos con una mano, y con la otra pasa un trapo por el mostrador. A casi dos meses del pico de la Gripe A, Leandro explica que “tuvimos que tomar otras medidas. Pusimos alcohol en gel en el mostrador y utilizamos todos materiales descartables”.

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Leandro, en su jornada laboral. Fuente: Victoria Klepetar

Cuenta que por la madrugada, es cada vez más común que los jóvenes se acerquen a comer a la salida de los boliches. Lo que más piden es el choripán y la bondiola. “Llegan todos dados vuelta”, dice riendo. Pero al instante se pone serio y opina sobre la juventud, el alcohol y los pocos controles que, según él, hay.

Entre sus sueños, Leandro confiesa su pasión por los fierros: “Me hubiese gustado estudiar algo que tuviera que ver con la mecánica”. Sin embargo, no descarta la posibilidad de algún día abrir su propio taller en Chacabuco y arreglar los autos de sus vecinos. Dice que no piensa trabajar en el puesto de comidas por el resto de sus días, y anhela progresar para poder darle una mejor vida a su hija.

La temperatura había descendido y el delantal de Leandro no estaba tan limpio como al comienzo. El sudor de su frente había desaparecido pero la sonrisa seguía intacta. Una jornada más terminaba en la vida de Leandro Domínguez.

Cómo lo vi

Era la primera vez que me acercaba a uno de los puestos de comida de la Costanera. Sentía curiosidad y un poco de miedo con lo que pudiera llegar a encontrar. Llegué al primer puesto y me dijeron que no podía entrevistar a nadie y en el segundo que “estamos a mil, disculpá”. Por fin en el tercero, Leandro me recibió con una sonrisa. Al principio se reía con timidez, pero luego se abrió y dialogamos por varios minutos. Muy respetuoso, me pidió disculpas cada vez que debíamos interrumpir por la llegada de un cliente, y no se mostró intimidado por las preguntas más personales.
Pude percibir que detrás de este hombre fuerte hay uno más sensible, que se llena los ojos d lágrimas al hablar de su hija y que, a pesar de todo, lucha por una vida mejor.

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1 comentario »

  1. Marita said

    Hola, Victoria.
    Me gusta tu perfil, un personaje común, presentado de forma interesante. Bien en el Cómo lo vi.

    Bien el dato de actualidad: explica que “tuvimos que tomar otras medidas. Pusimos alcohol en gel en el mostrador y utilizamos todos materiales descartables”. Ojo, que está mal citado. Después volveremos a esto, en el punto de redacción.
    Entraste bien en tema, y saliste más o menos: es un remate sentencioso, que no aporta mucho: Una jornada más terminaba en la vida de Leandro Domínguez.

    Redacción:
    el hombre que vive en Chacabuco cuenta que en su infancia pasó por varios colegios porque “tenía muy mala conducta, no sabían que hacer conmigo”. Mal citado, mezclás estilos directo e indirecto.
    Si vive en Chacabuco, ¿todos los días viaja hasta la Costanera? No entendí eso. ¿O vive en la calle Chacabuco?
    Esta oración se merece que la ordenen: Pero al instante se pone serio y opina sobre la juventud, el alcohol y los pocos controles que, según él, hay.

    Tp aprobado.
    Saludos, marita

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