Un 14 de julio

El 14 de julio de 2010 volví a mi casa a la noche y supe que ese día no lo iba a olvidar más. Exactamente nueve días después de haber cumplido 22 años. Había vuelto del médico, que me había dicho que tenía un tumor. Nombró las palabras biopsia, quimioterapia e intervención quirúrgica, todas impensables en mi vocabulario, y enseguida mi cabeza se inundó de pensamientos y mis ojos de lágrimas. Era el año en que iba a terminar la facultad, pero todos esos planes que tanto había anhelado quedaron en segundo plano cuando tuve que enfrentarme a la peor noticia.

Al principio me encerré en mi misma. Imaginaba los peores escenarios e intentaba dormir todo lo que podía porque, cuando dormía, lograba olvidarme de todo. Despertarme era la pesadilla más temida; revivir las palabras del médico y todo lo que faltaba por venir.

Después de que me internaron para hacerme la biopsia, me comunicaron que tenía un Linfoma de Hodgkin, que es un cáncer en los ganglios linfáticos. Logré tranquilizarme cuando me dijeron que era curable y tratable y que, con seis meses de quimioterapia, tendría buenas posibilidades de curarme.

De todas formas los miedos siguieron. No sabía si iba a poder ser lo suficientemente fuerte para aguantar lo que me tocaría vivir. No solo en lo físico sino en lo mental. Tuve que dejar la facultad e introducirme, sin quererlo, en la rutina de una persona que sufría una enfermedad: un martes tenía medico, el siguiente quimio, y así. Además, sacarme sangre todas las semanas y darme inyecciones para que me subieran los glóbulos blancos. Cierto que no mencioné mi terrible pánico hacia las agujas. Pero, como tuve que aprender, era superarlo o superarlo. No había opción.

Uno de esos rutinarios días de visita al médico fue el que me cambió la mentalidad y el que, gracias a Dios, me ayudó a darle otra mirada a lo que estaba viviendo. Me había levantado llorando, con desgano y sin ganas de pelear más. El médico me vio y me dijo las siguientes palabras: “Vicky, sos fuerte y joven y tenés una enfermedad que tiene tratamiento y CURA. ¿Qué es lo que te pone mal?”. En ese segundo quise gritarle todo, que estaba cansada de los pinchazos, de no poder ser sana como los demás de mi edad y de que esta enfermedad había venido a arruinarme la vida. Pero en su lugar me contuve y pensé en lo que me había dicho, en que me iba a curar. Y estaba en mí cómo iba a vivir los siguientes meses: llorando o de otra manera.

Esa otra manera por fin llegó. Empecé a usar el humor como mi aliado y a buscar formas de reemplazar mi dolor por cosas que me hacían feliz. Además, me uní a Dios y le pedí que no me dejara sola. Me di cuenta de toda la gente que tenía alrededor, y que todos contaban con que me pusiera bien. Tenía que hacerlo no solo por mí, sino por ellos, por mi familia, amigas, y tantos desconocidos que, sin saberlo, habían iniciado cadenas de oración en mi nombre.

Cambié el enojo y el llanto por sonrisas. Los días de quimio me levantaba, me miraba al espejo y me decía a mi misma que esto era lo que me había tocado a mí por alguna razón, y que era fuerte para superarlo e iba a hacerlo. Una vez en la sala del Cemic (hospital donde me atendieron todo ese tiempo), imaginaba que por el suero donde me pasaban las drogas, me estaban pasando chocolates, chizitos, Coca-Cola y todas las demás cosas que me gustan. Comencé una cuenta regresiva y, cada vez que tenía quimio me ponía una meta para el fin de semana así tenía que estar bien para poder salir y hacer una vida normal.

El optimismo tuvo sus buenos resultados, así como mi fe. Visité al Padre Adrián en la parroquia Santo Tomás Moro de Vicente López, quien me hizo una imposición de manos luego de confesarme. Después de la segunda quimio el tumor se había reducido ampliamente.

Creo que todo pasa por algo, y esto me tocó vivirlo a mí porque Dios sabía que podía “bancármela”. Que, aunque al principio hubiese querido darme por vencida, pude mirar para adelante, proponerme cargar mi cruz y, con la ayuda de mi familia, amigas, enfermeras y médicos, tener un camino más aliviado. Hoy, también pude aprender a disfrutar más y a agradecer por lo que tengo.

Hace menos de un mes me dieron una noticia y supe que ese día tampoco iba a ser uno más. Los estudios mostraron que el tumor desapareció. Esta experiencia me enseñó que la fe de una, más la fe de muchos, pueden torcer un destino.

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2 comentarios »

  1. Marcela said

    Qué lindo Vicky! Un ejemplo de vida para muchas chicas y chicos que quizas todavia no vieron o no han tenido la suerte de poder ver la luz al final del camino! TQM.
    Tía Marce

  2. Juan said

    Me alegra saber de esto Vicky! Me alegro que estes sana de vuelta y que hayas enfrentado el desafio con optimismo y esperanza. Me alegra saber que estamos aca, en este mundo, viajando en un tren que tarde o temprano arribara, pero sabiendo que la vida es algo unico, irrepetible y que solo depende de nosotros disfrutarla.

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